Reflexiones ansiosas: Explorando la naturaleza de mi ansiedad

Creo que algo que me ha costado mucho, durante toda mi vida, ha sido crecer. Moverme de esa etapa que conozco y emprender el nuevo camino. 

Al principio, era por una falta de confianza en mi misma comprometida con mi falta de orientación adulta. No confiaba en mi criterio para tomar decisiones y no tenía una referencia cuyo criterio me resultase confiable. 

En una segunda etapa se trató de poner a prueba lo que ya había aprendido. Tomaba arriesgadas decisiones, porque quería y podía. Estaba demasiado confiada en que podía lograr las cosas que deseaba y no consideraba que habían factores que estaban fuera de mi campo de control. En consecuencia, cuando la realidad me alcanzaba era un severa patada a mi ego, una sensación de derrota y pérdida, de que todo iba cuesta arriba y no había cuándo llegue a la meta. Y es que ese era el problema: vivía en función a la meta.

Tuve que recibir más golpes a mi ego de muchachita engreída a la que su familia le facilitó económicamente la vida para aprender, poco a poco, que dentro de mí estaban todas las herramientas que yo necesitaba para lograr lo que yo deseaba.

Cuando viví en función de la meta, la autocritica era mucho mayor ya que esa meta se veía lejana, mis expectativas sobre lo que deseaba para mi eran muy altas y nunca me habían enseñado la importancia de los procesos, el planificar, establecer pequeñas metas que te acerquen cada día más a aquello a lo que estas apuntando y, sobre todo, ser compasiva y amorosa contigo durante todo el proceso. 

Porque de eso se trata, de un proceso. 

Cuando entendí el sentido del "proceso", las cosas se me hicieron más fáciles. Ya no me lamenté porque ahora debía trabajar y estudiar ya que entendía que era parte de mi proceso para poder estudiar la carrera que yo había elegido, en la universidad que yo había elegido. 

Empecé a agradecer por tener la oportunidad de cultivar mis habilidades en el trabajo desde la vida universitaria y me sorprendí al ver que mis múltiples facetas - que en un principio me confundieron tanto cuando debía elegir a qué dedicar mi vida -, me resultaban muy útiles en este contexto. 

Me di cuenta que nada había sido una pérdida de tiempo, sino diversas paradas del camino para que conozca distintas realidades y así elija, con seguridad, el estilo de vida que quería llevar, el talento que iba a cultivar, en definitiva, aquello a lo que iba a dedicar mi tiempo y mi energia. 

Ahora, esto no es perfecto. Hay días jodidos, más aún con la cuarentena a cuestas, en los que se me va la energía vital y mi atención se dispersa. Mi productividad no es la misma y requiero de mucha fuerza de voluntad para seguir, recordarme porqué hago lo que hago, el legado que dejaré en mi entorno, a quienes podré ayudar a ser más felices, a tener una mejor calidad de vida. Pero sobre todo, necesito de una gran dosis de amor a mi misma. 

No se si a alguien le ha pasado, luchar contigo misma para convencerte que eres digna de amor y de dejarte cuidar, atender y mimar por ti misma. Porque eso de que el primer amor es de una consigo misma es muy cierto. Las personas que desarrollan dependencias emocionales o que evitan involucrar emociones en su relaciones son personas que están en una constante lucha consigo mismas, a veces conciente, otras no. Algunas personas tienen naturalizada la idea de que no merecen amor y se involucran con personas que les refuerzan esta creencia. Otras personas, bajo esta misma creencia, evitan involucrar emociones y pasan de relación en relación o acumulando vínculos superficiales que les refuercen el ego o les ayuden a palear o evitar su angustia.

Puedes dejarte querer y querer a alguien cuando has aprendido a cuidar de ti y ser compasiva con tus procesos. De lo contrario, por dependiente, ninguna muestra de afecto te será suficiente y vivirás con el constante temor de que te abandonen. Si eres evitativa, es probable que tus expectativas se vuelvan muy altas y nadie te resulte suficiente para abrirte y quererlo o dejarlo acercarse un poco más.

Mi caso?

Yo he bailado entre ambos límites, desde ser empalagosamente dependiente hasta fingir frialdad en mis vínculos, solo me ocupaba de elegir personas que no eran compatibles conmigo o con las que no podría proyectarme a nada para asegurarme la falta de conexión. 

Aún bailo en un límite pero es otro, el límite entre dejar entrar profundo a alguien y aceptar que soy completamente digna de cuidado y amor de mi para mi. 

Es que el trabajo interno es duro, constante y corajudo. Lo sentí así desde que empecé a trabajar en mi y aún lo siento ahora. A pesar de que he mejorado hay cosas en las que aún reacciono como una niña herida.

Con mi familia, por ejemplo. Me genera mucha culpa caer en cuenta de que no soporto pasar más de 2 horas con ellos, me estreso, me saturo, quiero salir corriendo. A veces a consecuencia de sus reacciones, otras porque yo ya estoy condicionada, en una tensión constante esperando en qué momento suena la campanita de  Pavlov y empezar a salivar. Cuál es mi campanita de Pavlov?  El recuerdo de esa sensación de no saber lo que va a pasar, como caminar por una campo minado y no saber dónde pisar hasta que la mina explota y entró en modo defensivo/ofensivo. Todo, con tal de protegerme. 

Me cuesta ser yo cuando estoy con ellos. Me cuesta ser la misma chica alegre y cariñosa que descubrí que aún estaba en mi hace unas semanas. No me permito mostrarme feliz con ellos. Recuerdo que de niña, después de reírme mucho algo pasaba y el ambiente se llenaba de tensión. Era como si me castigasen por ser feliz, por reirme. Me di cuenta, con el tiempo, de que estos castigos se reducían si yo andaba con un semblante serio  inexpresivo, o si se me percibía molesta. 

Era un asunto de supervivencia. Yo solo buscaba que no me castiguen porque el dolor era muy fuerte, el sufrimiento me robaba las ganas de vivir y el rencor después del castigo crecía y me generaba culpa. Cómo una niña lidia con todas estas emociones?

Ahí entra mi parte racional a decirme que mis padres no tuvieron las herramientas emocionales para brindarme un ambiente emocional saludable, que nada fue a propósito y siempre pensaron que estaban haciendo lo mejor para mi.

Pero creo que esas razones no son suficientes para mi.

Porque si soy honesta conmigo tengo sentimientos contradictorios por ellos. Los quiero, pero no los soporto. Y a mis 28 años, con casi 29 y los 30 a la vuelta de la esquina, ya no hay excusa que valga para justificar el compartir un espacio tan cercano, como mi casa, donde estaré 24/7, con un grupo de personas que no soporto. 

Se que hay mucha gente que desearía tener a sus padres con ellos, pero los contextos son distintos y no puedo forzarme a borrar años de maltratos en pos de conservar una idealizada imagen de familia y de "buena hija", cuando tengo tanta mierda por curar adentro y los triggers dispersos como minas escondidas.

Ahora tengo ganas de vomitar. Eso pasa cuando llora mi niña herida. Mi adulta vomita sus heridas para seguir funcional. 

Creo que recordé que debo cuidar a mi niña herida. A veces el día a día me arrastra y olvido que esa es mi prioridad. 



                                       

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